Archivo Comunitario de El Alto

Documento #4: Simón Bolívar en El Alto (1825)

El documento que publicamos a continuación, es un fragmento de las memorias del arequipeño José María Rey de Castro y Arce, secretario y edecán de Antonio José de Sucre, y publicado en la obra Recuerdos del tiempo heróico: pájinas de la vida militar i política del gran mariscal de Ayacucho, en 1883. Este texto a su vez, fue seleccionado y republicado en el libro La Paz: vista por viajeros extranjeros y autores nacionales, siglos XVI al XX por Mariano Baptista Gumucio en 1997; con el título de La recepción de La Paz a Simón Bolívar y Antonio José de Sucre.

Desde el Archivo Comunitario de El Alto, nos place transcribir y cargar un testimonio valioso para comprender Los Altos como puerta de entrada a los Libertadores Bolívar y Sucre, en la recién independizada la región de Charcas [entonces ya bautizada como República de Bolívar]. En síntesis, Rey de Castro anota con sumo detalle la recepción y algarabía con la que se recibe a ambos próceres de la independencia, el 18 de agosto de 1825 en las planicies de Los Altos proto-republicanos. Especial atención merecen las comitivas aymaras y quechuas vistiendo trajes festivos y causando alborozo por el suceso histórico que presenciaban en la entrada de Lima [probablemente la actual Alto Lima] aunado al repique de campanas, cohetes y música cuando los emancipadores llegaban al Alto de la ciudad.

Transcribimos el documento tal cual está en la selección de Gumucio, limitándonos a publicar sólo los párrafos que referencian a El Alto como espacio geográfico de los sucesos de interés. Siendo que se respetó la gramática y ortografía original de Rey de Castro, quien escribió sus memorias a fines del siglo XIX.

Fher Masi, co-fundador e investigador del Archivo Comunitario de El Alto (ACEA) 18 de agosto de 2026, Tiwanaku del Siglo XXI

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[…] Era tal el entusiasmo, que juzgándose estrechos los límites de la ciudad para obtener el espléndido fin que se habían propuesto, áun poniendo en juego los solos elementos que ella podía ofrecer, estendieron sus miras más allá de su recinto. Todo les parecía poco en su idea para revestir de la mayor solemnidad la augusta recepcion del Washington del Sur, que venía á visitarles.

Con tal objeto, los Gobernadores de las provincias se empeñaban con patriótica competencia en que cada una de ellas fuese lo mas orijinalmente representada en aquel grandioso festival. Así, concurrieron de todas partes numerosas comparsas de indíjenas, vestidas con trajes de diversas formas i vivos colores, adornadas de las más raras i brillantes plumas, especialmente las que llevaban en la cabeza á manera de plumeros, formando algunas estensa circunferencia. Todas estaban provistas de instrumentos de su música peculiar para danzar delante de la comitiva. Traían ademas algunos animales vivos i mui raros de distintas especies, que se encontraban en sus Cantones; formando así un mui curioso i pintoresco Espectáculo.

Entre tanto, la Municipalidad i vecindario, queriendo ostentar dignamente los sentimientos que les animaban, elevándolos á la altura de su notorio patriotismo, i que correspondiese la ovacion á los votos del magnánimo pueblo paceño, preparaban grandes fiestas i espectáculos para esos clásicos días. Ocupaba preferentemente su atencion el obsequio que habían proyectado. Estaba concluyéndose la magnífica i valiosa guirnalda de oro, adornada de pedrería, con la cual debía el glorioso vencedor en Ayacucho ceñir las sienes del fundador de la libertad. Se tenía yá listo un gallardo caballo que despues fué suntuosamente aderezado.

El oro brillaba en todas las piezas que componían el jaez. De ese precioso metal eran las hebillas i pasadores de las correas finamente buriladas; así como los estribos, la cabezada, pretal i baticola estaban guarnecidos en el centro por una cadena de oro engarzada i de mui buen efecto: no era ménos esquisita la obra del chicotillo cubierto con una red de fino alambre de oro, i para complemento de tan espléndida montura, un par de espuelas en que lucía la prolija labor del buril del artífice. Todas estas obras, inclusa la guirnalda, fueron encomendadas á un competente i hábil artista español, vecino del lugar, que empeñosamente hizo lujo de su maestría i gusto correcto.

Llegó por fin el deseado dia 18 de Agosto en que hacía su entrada en la Paz el Padre de la Patria, el inmortal Bolívar. Desde el amanecer estaban las calles i edificios del tránsito profusamente adornados con ricas colgaduras, gallardetes i banderas nacionales, mezcladas con las de Colombia i otros Estados. De distancia en distancia se elevaban arcos magníficamente decorados i ostentando emblemas de la Libertad.

A la hora oportuna Se hallaba formadas desde la plaza principal hasta el pié de la entrada de Lima la Division colombiana, vestida de parada i reflejando en sus lucientes armas los rayos del mismo claro sol que poco ántes las iluminara en Ayacucho. Frenéticos de gozo, los soldados inculpaban al tiempo que, aunque por breves instantes, les retardaba la dicha de volver á ver á su Jeneral, á su padre que les había colmado de gloria. La realidad que iban á tocar yá, les parecía una ilusion de su deseo.

Al medio dia, un repique jeneral de campanas, cohetes i alegres músicas, anunciaron que se aproximaba yá el Libertador al alto de la ciudad. Oleadas de jente de á pié fluctuaban entre arco i arco, apiñándose para mejorar de sitio. Apareció, pues, el hombre portentoso, la esperanza i símbolo del bienestar i venturoso porvenir de los pueblos. Pausadamente descendió, sin ostentacion ni vanagloria i poseido más bien de esa grata satisfaccion que repele la soberbia i el orgullo en el ánimo de los héroes. Traslucíase el placer que le inundaba cada vez que su mirada se dirijía al soldado, así como era fácil adivinar su fruicion en los íntimos e interesantes coloquios que de caballo á caballo mantenía con el Jeneral Sucre, á quien llevaba á su derecha. Los vivas i aclamaciones así que se aproximaba á la plaza i cuando entró en ella, rompieron i atronaban los aires.

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