Archivo Comunitario de El Alto

El Gral. Juan José Torres y la toma de El Alto (1970)

Presentamos un fragmento crucial para entender la memoria histórica de nuestra ciudad, extraído del libro De Torres a Banzer: Diez meses de emergencia en Bolivia, publicado en 1972. Su autor, Jorge Gallardo Lozada, declara en las primeras páginas haber sido actor directo en los sucesos de 1970 y su consecuente designación como Ministro de Interior del Gral. Torres.

En el capítulo titulado “La audaz toma de El Alto de La Paz”, Gallardo nos brinda una radiografía por demás interesante de Altupata Marka en octubre de 1970. Apuntando cifras demográficas de 120.000 habitantes, entre obreros fabriles y ferroviarios, y destacando hitos urbanos como Ciudad Satélite, la Base Aérea de la FAB y sus principales carreteras hacia el Altiplano y otros departamentos.

Este relato es una pieza valiosa para comprender no sólo el inestable periodo de dictaduras en Bolivia y Sudamérica, sino también para dimensionar la importancia y el papel crucial que juega El Alto en el devenir histórico del país.

A continuación, compartimos la transcripción íntegra de este testimonio y ahora fuente primaria de consulta del Archivo Comunitario de El Alto.

Fher Masi Huakeador – ACEA

La audaz toma de El Alto de La Paz

Mientras recorríamos las dormidas calles de La Paz advertimos que esa mañana la gente se había despertado tarde; muy pocos peatones transitaban por las aceras semidesiertas. Muchos de los transeúntes nos miraban no sin extrañeza cuando pasábamos junto a ellos y advertían la frenética carrera del vehículo que nos conducía a nuestra cita con el destino.

Muchos de ellos ignoraban el intenso drama que estaba viviendo el país después de una larga noche de vacilaciones. Otros, los menos, conocían algo porque seguramente habían escuchado en sus pequeñas radios portátiles las proclamas de los insurrectos que, a esa hora, ya habían hecho conocer el desenlace político con la renuncia del ex presidente; los obreros, sin mucha diligencia, se dirigían a sus centros de trabajo en la zona fabril, al parecer extraños a la situación creada por la ambición de unos cuantos militares ávidos de poder, mando y riqueza. Cuando nos aproximábamos a la “ceja” de El Alto pudimos observar movimientos sospechosos de soldados cuyas insignias no logramos identificar por la velocidad vertiginosa del vehículo; luego de cruzar el arco de ingreso a la ciudad¹ y al pasar junto a la comisaría de tránsito a un costado de la línea ferroviaria, nuestras sospechas se confirmaron. Las tropas tomaban posiciones estratégicas en toda esa extensa zona. Por la carretera asfaltada que viene del Santuario de Copacabana, por donde debíamos llegar a las instalaciones del Grupo Aéreo de Caza, se acercaban unos vehículos cargados de soldados; como no sabíamos si eran amigos o mirandistas, adoptamos una rápida decisión y nos dirigimos en línea recta hacia la amplia y moderna vía que conduce al aeropuerto internacional Kennedy.

A esas horas El Alto mostraba, sin embargo, el mismo aspecto de todas las mañanas; en sus casas de techos de aluminio dispuestas en remolino, con muy poco orden urbanístico, se advertía cierta actividad. Viniendo de La Paz, junto al puesto policial y a pocos metros de la “ceja”, a la derecha, corre el camino que conduce a Copacabana, asfaltado en un pequeño tramo; hacia la izquierda, formando un verdadero ángulo recto, se bifurca el estrecho sendero de tierra por donde se va al valle de Achocalla, el cual se comunica con una senda relativamente transitable, pasando por Mallasilla, hasta llegar a la zona baja de la ciudad en el sudeste. Siguiendo de frente, el camino se abre en dos rutas; una, a la izquierda, es la carretera asfaltada que une La Paz con Oruro y Cochabamba, y la otra conduce a Viacha, distante unos 25 km de la misma ciudad de La Paz.

En El Alto deben morar unas 120.000 personas, en su mayoría obreros fabriles y ferroviarios; no hay edificaciones de importancia, con excepción de las instalaciones recién inauguradas de los Almacenes Aduaneros, el edificio de la aduana central, ahora en construcción y la terminal aérea. Al costado izquierdo, donde se erige un monumento a Jesús, se encuentra la nueva urbanización de “ciudad Satélite”, con casas para obreros y empleados de bajos ingresos construidas por el Consejo de Vivienda, una entidad descentralizada que financia sus obras sociales con aportes de los trabajadores, el Estado y el sector privado.

El rugiente motor del vehículo nos condujo sin mayor novedad hasta la puerta principal del aeropuerto internacional; bajamos con discreción, tratando de evitar las miradas escrutadoras de los frustrados viajeros a Cochabamba, cuyos vuelos se habían suspendido. Al llegar al hall principal escuchamos a un grupo de personas que comentaban “la nueva realidad política”, según la calificaban los comunicados emitidos desde la radio rebelde. —¡Éstos —dijeron mirándonos— deben estar escapándose! Me acerqué a uno de los teléfonos públicos y me comuniqué instantáneamente con el GAC; pregunté por el general Torres y enseguida escuché su voz.

—Mi general: nos encontramos en el aeropuerto internacional; tuvimos que venir aquí porque en la ruta que lleva a la base vimos camiones con soldados, desconociendo sus intenciones; necesitamos que nos envíe un vehículo para ir a la base cruzando la pista de aterrizaje. Torres me respondió que vería cómo hacerlo, reclamándome excitado que fuéramos enseguida porque nos necesitaba con urgencia, ya que la situación en la base no se había definido todavía en nuestro favor. Una espera de unos diez minutos nos había intranquilizado muchísimo, cuando de improviso escuchamos gritar mi nombre y reconocimos a Antonio del Carpio. En una vieja camioneta militar nos llamaba desde detrás de la valla de seguridad que rodea el aeropuerto; rápidamente nos dirigimos a pie hasta allí, venciendo la suspicacia del guardián, subimos al vehículo y partimos velozmente. Llegamos a la base y Carpio nos condujo a donde estaba Torres.

Era una reunión en el casino de suboficiales. El local se hallaba lleno de gente; al frente se había puesto una mesa que rodeaban Torres y varias personas más. En esos instantes hablaba un sargento de la fuerza aérea expresando, en síntesis, que ellos continuaban en su posición original opuesta a Miranda. Cambiamos algunas ideas con Torres, y cuando le pidieron que hablara pronunció un discurso improvisado y vibrante en el que esbozaba su posición revolucionaria; alertó a los militares sobre el grave peligro de mantenerse lejos del pueblo, que a esas horas ya se había movilizado contra los fascistas; pidió desesperadamente apoyo de sus camaradas presentes, prometiendo a cambio velar por la institución militar. Terminó su breve alocución diciendo que había subido a El Alto para ponerse al mando de las tropas que se enfrentarían al general Miranda.

Una cerrada ovación siguió a sus palabras. Hubo algunos discursos más que fueron interrumpidos cuando un suboficial, con buen criterio, reclamó una definición de todos los presentes, proponiendo, al mismo tiempo, proclamar al general Torres presidente provisional de la República. Los suboficiales, sargentos y cabos que constituían la gran mayoría del auditorio, al que se sumaron espontáneamente los oficiales del GAC, Grupo de Mantenimiento, Defensa Antiaérea y algunos pocos pertenecientes al TAM y el Politécnico Militar de Aviación, dieron su aprobación unánime. El ex ministro Ortiz, sentado junto a Torres, dijo también unas palabras llenas de fe en la acción de los oficiales y clases de la fuerza aérea indicando:

—Ahora escribirán una página gloriosa de su historia; por primera vez estarán decidida y voluntariamente junto al pueblo boliviano que no quiere aceptar la impostura derechista…

El general Torres reclamó una rápida acción porque el tiempo apremiaba y debía hacer conocer al pueblo su actitud adoptada juntamente con los hombres de la fuerza aérea de Bolivia. Se suspendió la reunión y salimos todos en tropel rodeando a Torres, dirigiéndonos enseguida hacia las oficinas del Comando y Jefatura de Operaciones del GAC. Subimos al segundo piso y nos encerramos en el despacho del comandante, coronel Herberto Olmos, juntamente con el mayor Jaime Zegada, jefe de operaciones, y varios oficiales que se sumaron con entusiasmo al cónclave. La primera decisión que adoptamos fue que el general se comunicara por teléfono con radio “Altiplano” para anunciar que asumía el poder provisional de la República, indicando que en unos minutos más entregaría un documento fundamentando la decisión que había adoptado contando con el apoyo de la fuerza aérea. Mientras el general Torres hacía su declaración por teléfono y su voz se escuchaba en todo el país difundida por la radioemisora, nos pusimos a redactar el mensaje que unos instantes más tarde leería por la misma vía poniendo en conocimiento del país nuestra posición intransigente y definitiva.

Sus declaraciones causaron un verdadero revuelo en toda la ciudadanía, que parecía haber aceptado simple y llanamente que Miranda se erigiera en presidente de la república, según lo había anunciado radio “Batallón Colorados” horas antes. Los fascistas no habían contado con esta jugada magistral que les hicimos cuando parecía que su camino al poder estaba perfectamente expedito.

¹ Hasta hace poco tiempo el camino de El Alto a La Paz iniciaba su ondulado descenso a partir de un arco de adobe, ladrillo y piedra de unos siete metros de altura por seis de ancho. En la parte superior del monumento, de pésimo gusto arquitectónico, había un letrero luminoso que decía: “Bienvenidos a La Paz.”

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